domingo, 28 de septiembre de 2014

¿Por qué hablás de mi como si me hubiera muerto?

El capítulo 32 de Rayuela es un poema. Un poema sobre la maternidad. Y al mismo tiempo es una carta. El encabezamiento es tierno. No puede ser cursi porque es el comienzo de una carta de la madre al hijo pequeño:

Bebé Rocamadour, bebé bebé, Rocamadour:
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Me produjo una sensación extraña esa carta. Estoy seguro de que el bebé murió desde el capítulo 28, y ahora la madre le escribe una carta, y al parecer su relación con Horacio Oliveira aun existe o se ha restablecido. La madre usa la carta para revelarse al hijo. Habla del tiempo (que es como un bicho que anda y anda), de la nana madame Irène, de Horacio, de Perico (alterna el voseo de aquél con el tuteo de éste), de Paris (dónde todo el mundo es muy sucio y hermoso) y lo transporta a uno, el lector, a su casa, a su habitación desordenada, a los amigos, la lluvia, las ventanas, los olores, la falta de espacio,

La Maga está triste, aunque dice que no lo está... vos sabés quien es Horacio, Rocamadour, el señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo... entonces te pusiste a llorar y el te mostró cómo el conejito movía las orejas. En ese momento [Horacio] estaba hermoso... algún día comprenderás, Rocamadour.

La pieza está llena de remolacha. El borsh se echó a perder... si vieras los pedazos de remolacha y la crema, todo tirado por el suelo... Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete...

Para llegar ahí tuve que pasar otros capítulos no tan bellos pero sí reveladores.

De ellos, el más impactante fue el 70, que me condujo al sermón del maestro Eckhardt sobre la bienaventuranza de los pobres de espíritu.

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Dijo el maestro que hay dos tipos de pobreza: la pobreza exterior, muy loable cuando es voluntariamente aceptada, pero distinta de la pobreza interior, la de la persona que no quiere nada, no sabe nada, no tiene nada...

¿Tiene esto que ver con el ideal budista? Carecer de deseos, incluso del deseo de cumplir la voluntad divina, nada desear... como cuando no se era. Carecer de conocimiento, incluso del conocimiento de la existencia propia y de la existencia de Dios.  Carecer de todo, incluso de un lugar en el que Dios actúe. Dejar que Dios actúe como Él quiera, como Él sepa, y dónde Él ha sido, es y será eternamente... Ser uno con el espíritu, esa es la estrema pobreza que se puede encontrar.

Como esotéricamente escribe Cortázar en el capítulo 147, al que se llega después del 70:
El día en que verdaderamente sepamos preguntar, habrá diálogo. Por ahora, las preguntas nos alejan vertiginosamente de las respuestas... hay que abrir de par en par las ventanas y tirar todo a la calle, pero sobre todo hay que tirar también la ventana y nosotros con ella. Es la muerte, o salir volando. Tener el valor de entrar en mitad de las fiestas y poner sobre la cabeza de la relampagueante dueña de casa un hermoso sapo verde, regalo de la noche...

Los Chalchaleros (Sapo de la Noche)