miércoles, 24 de septiembre de 2014

Porque no sé pensar

París es un gran amor a ciegas...

...Yo hice la muñequita porque Pola se había metido en mi pieza, era demasiado, la sabía capaz de robarme la ropa, de ponerse mis medias, usarme el rouge, darle la leche a Rocamadour.

La Maga vuelve a ocupar de nuevo un lugar especial en mi lectura de Rayuela cuando confía a Ossip Gregorovius sus celos.

Horacio no me lo perdonará nunca... La tiró al suelo, la aplastó con el pie. No se daba cuenta de que era peor, que aumentaba el peligro.

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La Maga nunca estaría metida de esa forma en la pieza de Pola ...nunca Pola me sospecharía en el pelo o en los ojos o en el vello de Horacio. No sé por qué, al fin y al cabo nos hemos querido bien. Resignada, llega a una conclusión: Porque no sé pensar, el me desprecia por esas cosas.

Después sigue un largo capítulo que tiene tono de farsa y claroscuro de cuadro de Rembrandt con notas de entremés cervantino (el viejo del piso de arriba que golpea el suelo y que baja a vociferar con voz chillona, en ropa de dormir y gorro de astracán, y no deja disfrutar en paz de un cuarteto de Shoemberg o una sonata de Brahms; la larga discusión sobre la percepción y la naturaleza de la realidad; la noticia del fallido intento de suicidio de Guy) que termina en tragedia, cuando la Maga se percata de la muerte de Rocamadour, su hijo; muerte que Horacio Oliveira nota mucho antes, pero no lo dice, por quién sabe qué  razones.

Vienen luego varios cortos capítulos cortos que puedes optar por leer o no leer. De pronto te encuentras con que Horacio telefonea a Etienne desde una caseta de la rue Danton, justo a la hora en que sabe que no le gusta que lo molesten mientras pinta, y Cortázar nos hace recordar el golpe sordo y fúnebre de los sellos de tinta sobre los sellos postales, y el pan francés, que en Buenos Aires como en México no se parece al de París.
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¿Cómo habrá sido el sombrero extraordinario como para un cuadro de Cranach de la vieja que llegó a esperar fuera de la caseta luego de un chico de catorce años que se hurgaba la nariz? No me quedó más remedio, que Googlear cuadros de Cranach con mujeres ensombreradas, aunque, la verdad no pude encontrar entre ellas ninguna que mereciera el título de vieja.










 Las de estas dos parejas, son buenas candidatas, los sombreros de ellos son peculiares, pero más discretos.










O ¿qué  tal los sombreros de las dos pricesas sajonas, Emilia y Sidonia, que posan aquí a la derecha de Sibila, de tocado más discreto?

















Aunque la que quizás se lleva la palma es Venus, por el sombrero que luce aquí ante cupido, que no sale de su asombro.

(Ilustraciones: http://www.aparences.net/es/periodos/el-renacimiento-nordico/lucas-cranach/)


Etienne, que al principio se dice molesto, acaba por entrar en tranquila conversación con Oliveira y deja que él le cuente del sueño que tuvo, en el que para saciar su hambre corta una rebanada de pan francés (del que se hacía en Buenos Aires); ese pan más bien grueso, de color claro, con mucha miga, que parece un pez ancho y corto, apenas quince centímetros pero bien gordo en medio.

Hoy las viejas son mucho más viejas que en tiempos de Cranach, pero los sueños siguen siendo más o menos los mismos que en tiempos de Cortázar, y son esencialmente incompartidos, propiedad exclusiva de quien los sueña, pues contados ya no son lo mismo.

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